martes, 8 de marzo de 2011

"Tartamudez, un problema físico."

Fuente:
http://www.prensalibre.com/vida/familia/Tartamudez-problema-fisico_0_439756183.html

La película El discurso del Rey está ambientada en plena Segunda Guerra Mundial. Pero los problemas a los que se enfrenta el rey Jorge VI siguen siendo los mismos. Como a principios de siglo pasado, es difícil encontrar un terapeuta para tratar las dificultades del habla y el estigma marca todavía a quien se enfrenta al problema.

La disfemia, como se conoce técnicamente este problema de la fluidez verbal, ni siquiera es una enfermedad que inquiete. No supone una amenaza para la salud pero puede convertirse en una problema psicológico grave porque limita la vida laboral y social. Se estima que el 80 por ciento de los afectados están desempleados, pueden tener varias titulaciones pero no logran prosperar porque son incapaces de superar una entrevista personal.
Durante mucho tiempo se ha pensado en este trastorno como un problema psicológico (personas tímidas que se atascan al hablar porque se ponen nerviosas), más que de una cuestión física. La ciencia está refutando estas teorías. La mayoría de los neurólogos ya no dudan en considerarlo una disfunción del sistema nervioso.
«Tratamos a pacientes que siempre habían mantenido un discurso fluido y empiezan a tartamudear tras sufrir un accidente cerebrovascular, un tumor o un traumatismo. No es un trastorno psicológico», explica el neurólogo Carlos Tejero, vocal de comunicación de la Sociedad Española de Neurología.
El problema está en el cerebro, en una descoordinación entre el hemisferio derecho y el izquierdo. La acción de hablar requiere una coordinación perfecta que involucra diferentes áreas cerebrales: afecta a las encargadas del lenguaje y también a las que se activan con el oído, las emociones, la planificación, la respiración y los movimientos de la mandíbula, labios, lengua y cuello.
El cerebro es como un general que controla a todos estos soldados. Sin la señal correcta todo el proceso se desbarata. «Cuando queremos empezar a hablar, en el lóbulo frontal se origina primero el deseo de querer decir algo, luego se ponen en marcha mecanismos ejecutorios del movimiento (maxilar, lengua, labios) y, por último, un sistema de monitorización que controla que lo que decimos es realmente lo que queremos expresar.
Si oímos algo erróneo en nuestro discurso, nos paralizamos y esto es lo que les ocurre a las personas con tartamudez», cuenta Tejero. Por eso, en la película el rey Jorge VI es capaz de hacer un discurso fluido mientras escucha una música a través de unos auriculares que le impide escucharse a sí mismo.

Herramientas y trucos

Es difícil hablar de curación, pero logopedas y psicólogos ofrecen herramientas para manejarse con cierta soltura. Algunos recurren a trucos, como evitar palabras largas o sílabas que les resultan especialmente comprometidas. Otros mastican para distraer el sistema y que no se bloquee o canturrean. De alguna manera, al imponer cierto ritmo a las palabras, se consigue agilizar el discurso.
Curiosamente, cantar o declamar no es un problema. Prueba de ello es «Vidas melódicas», una obra de teatro que se ha estrenado recientemente en Barcelona y es interpretada por veinte actores tartamudos. Ninguno se bloquea en el escenario. Bajan de él y vuelven a su tartamudez.
La mejor actitud es la de no esconderse y hacer frente a la adversidad. Cuando se evita hablar para no fracasar empiezan los problemas. El neurólogo Carlos Tejero pone como ejemplo la actitud del vicepresidente del Gobierno aragonés y presidente del Partido Aragonés (PAR) , José Angel Biel. «Tartamudo reconocido, es capaz de mantener un enfrentamiento verbal en el Parlamento tartamudeando. Se ha convertido en un rasgo físico más y no se avergüenza de él».
En este curioso problema de descoordinación del sistema nervioso aún hay muchas lagunas de conocimiento. Sí se sabe que afecta al 5 por ciento de los niños (más a ellos que a las niñas), que el trastorno comienza entre los 2 y los 6 años y que hay una importante predisposición genética.
La mitad de los tartamudos cuenta con antecedentes familiares, aunque es imposible saber quién lo desarrollará. Una de las cuestiones que más desconciertan a los expertos es que no haya ninguna señal de aviso durante los primeros años de vida, cuando los niños balbucean sus primeras palabras. Todo parece ir bien hasta que repentinamente empiezan los problemas.
La escritura es un momento clave para el debut de la disfemia, cuando los niños empiezan a construir textos y se enfrentan a la complejidad de la gramática. Por fortuna, el 75 por ciento de los niños que empiezan a atrancarse al hablar dejan de tartamudear —con terapia o sin ella—, aunque es imposible discernir quién sufrirá un trastorno pasajero y quien necesitará ayuda para un problema crónico.
Las respuestas llegarán de la investigación. Recientemente, la revista médica New England Journal identificaba nuevos genes relacionados con el trastorno que pueden dar nuevas pistas sobre el origen del problema. Experimentos con resonancia magnética, han permitido encontrar un exceso de actividad cerebral en determinadas áreas cerebrales de tartamudos. También se sabe que los factores ambientales contribuyen . Una experiencia traumática o una situación de estrés no lo desencadenan, pero sí pueden exacerbarlo.

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