sábado, 8 de enero de 2011

Las heridas del cerebro.

Fuente:
Las heridas del cerebro. Las Provincias

José Carlos toca la guitarra y pasea por un parque cercano a su casa en Madrid. En la foto grande, con un modelo del cerebro. :: JOSÉ RAMÓN LADRA



Cuando José Carlos Arranz cuenta lo que le ocurrió el pasado 6 de julio, en su relato se produce un salto brusco: un hueco en su memoria ha devorado el hecho más relevante de aquel día. Por lo demás, lo recuerda todo como si fuese ayer. Iba con dos amigos hacia Bilbao, para ver el Guggenheim y asistir al concierto de Pearl Jam en el festival BBK Live, y aprovecharon que Pamplona les quedaba a mano para estar presentes en el inicio de los sanfermines. Tenían clara una cosa: cuando se acercase la hora del chupinazo, iban a evitar la plaza del Ayuntamiento, un lugar abarrotado más allá de lo que conciben la lógica y la física. «Yo no quería el mogollón, porque la vez anterior que estuve lo pasé mal, es un agobio muy grande», explica. Así que se quedaron por los alrededores, dejando pasar el rato hasta que, a las once y media de la mañana, se produce el salto en la historia y ya no estamos en un despreocupado día de fiesta, sino en medio de un súbito horror: «Me vi en el suelo, no podía hablar, tenía toda la parte derecha paralizada. Mis amigos me llevaban y en los puestos de enfermería me preguntaban cómo me llamaba, si era extranjero... Como no contestaba, pensaban que no les entendía. Me dijeron si tenía el carné, y lo llevaba en una bolsita atrás, para que no me lo robaran, pero no podía dárselo. No tenía ni idea de qué me había pasado, si me habían pegado un tiro o qué».
Lo que ocurrió en esos segundos borrados fue muy simple: en las calles del Casco Viejo pamplonés se había desatado un enfrentamiento entre radicales y Policía, y uno de los alborotadores arrojó a los agentes una botella que fue a parar a la cabeza de José Carlos, le partió el cráneo y le dañó parte del cerebro. «Menos mal que, por las fiestas, los puestos de enfermería estaban en la misma calle que nosotros: si no, habría muerto», comenta. Ingresó en cuidados intensivos del Hospital de Navarra, donde le sometieron a una delicada intervención, y a mediados de mes pasó al Ramón y Cajal de su ciudad, Madrid, donde volvieron a operarle. Le dieron el alta el 24 de julio, pero el José Carlos que salió del hospital no era el mismo que aquel que había emprendido un viaje con dos amigos y una furgoneta alquilada. Los especialistas resumen sus secuelas en tres palabras: hemiparesia (parálisis parcial de un lado del cuerpo, que en su caso afecta sobre todo a la mano derecha y, en menor medida, a la pierna y la cara), apraxia verbal (el cerebro no logra transmitir la orden de hacer los movimientos necesarios para hablar) y afasia (se pierde la capacidad de producir o comprender el lenguaje).
Juntas las tres, suponían el final de la vida que José Carlos había llevado, hacían pedazos todo lo que había conseguido hasta sus 31 años. Ingeniero agrónomo, trabajaba como maestro de Biología y Matemáticas en el colegio Nuestra Señora de la Natividad, con alumnos de ESO y Bachillerato. Y lo que más le gustaba en el mundo eran la montaña y la escalada, y montar en bici, y tocar la guitarra y la armónica... Todo eso quedaba fuera del alcance de un hombre incapaz de hablar y con problemas de movilidad. Incluso tuvo que dejar el piso que compartía con su novia, Lorena, para irse los dos a casa de la madre de él. «Una cosa como esta te cambia la vida. Conozco muchos casos: antes era voluntario con personas discapacitadas y sé lo que pueden hacer un accidente o una enfermedad», destaca. Pero, aunque sigue sin ser el mismo que antes del botellazo, José Carlos tampoco es ya el que salió del hospital: en el medio año justo transcurrido desde el suceso, ha concentrado su férrea voluntad y todos sus esfuerzos en recuperar su vida normal. Y, poco a poco, lo está logrando.
«Cuando le conocí, no era capaz de decir nada. El 11 de agosto no podía hablar, pero llevaba una pizarra en la que escribía. Aunque hacía faltas de ortografía, se le entendía bien. El 31 de agosto ya decía sí o no», repasa Álvaro Bilbao, neuropsicólogo del Ceadac-Imserso, el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral, donde José Carlos hace rehabilitación. «Desde el primer momento -continúa el especialista- ha sido un ejemplo de superación: aquí todos lo son, pero el caso de José Carlos resulta particularmente llamativo. Tiene una inteligencia por encima de la media, buena memoria, buena capacidad de razonamiento y atención, y eso le ha permitido poner toda la carne en el asador. Aunque estas lesiones siempre dejan secuelas». El doctor saca del cajón un modelo a escala del cerebro y, tras señalar el punto exacto donde la botella golpeó a José Carlos, explora con el dedo los alrededores: «Si la lesión llega a producirse un poco más atrás, no habría entendido nada ni habría sido ya capaz de hablar. Un poco más adelante, le habría producido un cambio de personalidad: sería impulsivo, tendría mal carácter... Y, si le llega a dar un poco más fuerte, no lo cuenta: una arteria pasa muy cerca».

Cordones y cremalleras

«Quiero escalar y dar clase otra vez. Si no puedo, me conformaré con lo que haya logrado, pero quiero estar mejor: si tuviera otro trabajo, no me haría falta comunicarme bien; si no escalase, no me haría falta poder hacer nudos difíciles. Pero yo doy clase y escalo, y eso me motiva para seguir adelante», resume José Carlos. Porque, entre lo que ya ha conseguido, está el hablar.

 Le cuesta mucho y a veces se trastabilla y confunde sílabas, como si alguien hubiese sacudido de golpe la caja de las palabras. Muchas veces, su interlocutor tiene la rara impresión de estar hablando con un extranjero que necesita la máxima concentracion para articular el idioma, pero el caso es que se le entiende. En el Ceadac-Imserso hace terapia con una logopeda para recuperar esos fonemas que se le resisten. «A veces, voy por la calle y para algún coche para preguntarme una dirección. Ven que hablo mal y, sin más, se piran. ¡Me da una rabia!», lamenta. Su mano derecha libra una batalla diaria con cordones de zapatilla, botones, cremalleras, cubiertos y otros mil objetos... «Todo lo que te imaginas que no es importante tiene su dificultad». En el centro, la sala de terapia ocupacional está repleta de juegos multicolores, esas piezas con las que los niños aprenden a discriminar formas y colores, y José Carlos trabaja la movilidad y sensibilidad de una mano que, en sí, no tiene ningún problema, pero se ha quedado huérfana de cerebro.
Ya ha vuelto con Lorena al piso del barrio de San Isidro y, en las últimas semanas, se ha animado a probar con la bici -«muy poco, pero algo he andado»- y la guitarra -«es curioso, he desarrollado la mano izquierda»-, incluso ha acudido a visitar a sus alumnos, en plena función navideña. «Estaban en el teatro, cantando villancicos y eso. Cuando entré, empezaron a aplaudirme, a corear 'José Carlos', y me hicieron subir al escenario. Muchos lloraban. Una compañera me cuenta que ahora, cuando les va mal alguna asignatura, dicen 'la voy a sacar, como José Carlos'. Son estupendos y tienen unos valores muy grandes: si les das cariño, ellos te devuelven más». Hoy es un día muy importante, porque tiene previsto volver por primera vez a la sierra, a medir sus fuerzas con la montaña. «Hacer cumbre es lo mejor, te sientes lleno. Tardaré más, pero lo lograré», promete.
«Cuando me pasó esto, dije que no iba a llorar. Y he llorado alguna vez, pero yo siempre digo que aquel día tuve buena suerte. Lo peor es ver que la familia sufre: yo me siento bien, animado, con paciencia, pero la familia, la novia...». Y recuerda lo que escribió en una carta de agradecimiento al 'Diario de Navarra', el primer periódico que contó su historia: «Les puse que nací en Madrid, pero que el 6 de julio volví a nacer en Pamplona, y es cierto: tuve suerte», insiste. Algún día volverá a la capital navarra y hará también esa primera visita a Bilbao que quedó pendiente, porque la lesión le ha desbaratado un trocito de cerebro, pero no le ha hecho confundir las cosas: «Un loco no me va a quitar las ganas de ir. Yo tengo amigos vascos, mi tío es de Bilbao, mi apellido es navarro, conozco a Edurne Pasaban... Sé cómo es la gente del norte. Además, a mí sólo me pueden destrozar la vida las personas a las que quiero».
El Ceadac-Imserso, inaugurado hace nueve años, es la referencia nacional en daño cerebral adquirido: busca la manera de fomentar la autonomía personal de quienes sufren lesiones, ni congénitas ni degenerativas, en el órgano que rige nuestro cuerpo. Y hay que recordar que una herida en el cerebro puede inutilizar otras partes de nuestra compleja maquinaria: «Ves con tu lóbulo occipital: no vale con tener los ojos bien. Caminas con tu cerebro. Hablas con tu cerebro», resume la directora del centro, Inmaculada Gómez Pastor. En un principio, se pensó que los pacientes del Ceadac iban a ser, principalmente, jóvenes víctimas de accidentes de moto, pero la realidad está corrigiendo sus previsiones: del centenar de usuarios que atienden ahora mismo, sólo una cuarta parte sufre traumatismo craneoencefálico, mientras que el resto se reparte entre otras causas, como ictus -«ha subido mucho entre la gente joven: ahora mismo tenemos aquí una media de 37 años»-, tumoraciones, encefalopatías, secuelas de operaciones...
El centro, dependiente del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, enfoca la rehabilitación de estas personas de manera integral, aunque siempre con la idea clara de que «la persona nunca va a ser la misma de antes». Y su planteamiento es por fuerza personalizado: «Cada cerebro humano es distinto a todos los demás, refleja la historia de su vida, los aprendizajes que ha tenido -explica el neuropsicólogo Álvaro Bilbao-. La lesión cerebral se manifiesta de manera distinta en cada persona». Entre los casos que ha atendido el Ceadac-Imserso hay algunos tan llamativos como terribles: un hombre que quedó amnésico a raíz de un accidente en el que murieron su mujer y su hija, y que preguntaba por ellas constantemente; personas que salen del coma y no reconocen a sus hijos; pacientes que no identifican ninguna cara o que creen identificarlas todas... «El cerebro es inescrutable, sigue siendo un misterio del que sabemos muy poco. Pero, si lo trabajamos, conseguimos mejorías», apunta la directora.
En España no existen estadísticas oficiales sobre la incidencia de este problema, pero la Federación Española del Daño Cerebral, extrapolando datos de otros países, estima una cifra de 100.000 casos nuevos cada año. La Organización Mundial del Ictus, por su parte, hace hincapié en que una de cada seis personas acabará sufriendo un accidente cerebrovascular en algún momento de su vida. «Lugares como este son muy importantes -apunta José Carlos Arranz, recién salido de su sesión de terapia ocupacional-. Aquí hay casos de todo tipo, desde el 'erasmus' en Finlandia al que le empujaron y le atropelló un tranvía hasta el paciente al que una bajada de azúcar le ha dejado sin oxígeno en una operación. Viene gente de toda España: de Galicia, de Andalucía... Hasta de Portugal. Hacen falta más centros así».

2 comentarios:

  1. Mis felicitaciones, Albaro, por la publicacion. Gran ejemplo de superacion lo de Jose Carlos. He de felicitar a todas las personas que trabajais, con esfuerzo y dedicacion, en la reavilitacion de las personas, que por algun contra tiempo, hemos sufrido un daño cerebral, y nos habeis atendido en Ceadac. En especial mis felicitaciones ha esta gran profesional,que sale en la imagen con J. Carlos, pues ha ella le devo,que halla conseguido utilizar y trbajar con mi extremidad superior izquierda.
    He tenido el placer de conversar,y compartir mesa, con el joven de la imagen, durante algun tiempo, entre otras actividades,tener la misma terapeuta ocupacional etc. El en 25.C y mi persona en 25.A. Saludos a todo el Ceadac. Ex usuario. 08-06-2010 a 29-07-2011, gracias de corazon.

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  2. Gracias a Vos por dejar tu comentario...y me alegro muchisimo que te sientas asi de bien...
    saludos ..

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