miércoles, 20 de octubre de 2010

Disciplinar jugando -

Fuente:
Disciplinar jugando - El Nuevo Día

LA ACTIVIDAD MÁS COTIDIANA DE LOS NIÑOS ES UTILIZADA POR LOS PROFESIONALES DE LA CONDUCTA PARA LOGRAR QUE SE PORTEN MEJOR
Por Camile Roldán Soto

Demasiado desesperada. Así describe Noemí Ramos su estado de ánimo cuando decidió buscar ayuda profesional para enfrentar los problemas de conducta de su hijo menor. A los cuatro años y medio, Pablo se tomaba a chiste o a reto la más sencilla de las instrucciones. Muchas veces desobedecía. Otras, hablarle era como dirigirse a una pared.
“Le decía que recogiera sus juguetes y él decía que no. Lo tomaba todo a broma o me desafiaba. Tuve que llegar al castigo fuerte, incluso a pegarle”, recuerda la mujer, también madre de una niña que entonces tenía 14 años.
La determinación de buscar ayuda no fue una fácil, pero se volvió inevitable tras sentir que había intentado de todo. Sobre todo, cuando el niño comenzó a exhibir el mismo comportamiento en el cuido. Noemí se sentía frustrada y lloraba mucho por el sentimiento de impotencia que le generaba la situación y, encima, la incomodidad de ser recibida con las quejas de la cuidadora de su niño.
La psicóloga Rocheli Santiago Troche le recomendó la Terapia de Interacción Padre/Madre e Hijo (conocida en inglés como Parent Child Interaction Therapy). Este modelo creado en los años setenta por la psicóloga Sheila M. Eyberg adiestra a los padres sobre las bases de la modificación de conducta con el ‘coaching’ de un psicólogo.
La terapia está diseñada para trabajar con niños desde los dos a los siete años de edad que presenten problemas de conducta o, incluso, que hayan sido diagnosticados con el trastorno oposicional desafiante. La doctora sostiene que también puede ser utilizada por cualquier familia que necesite obtener o fortalecer las herramientas para manejar la conducta de los niños.
La herramienta es el juego
Durante una reunión inicial, el psicólogo les explica a los padres el propósito de la terapia, lo que se espera de ellos y los resultados que pueden obtener a su término. Entonces comienza la primera parte del tratamiento, conocida como IDN (o Interacción Dirigida por el Niño).
El padre y el niño se ubican en una sala equipada con un cristal unidireccional para poder ser observados desde el otro lado por el psicólogo, quien a su vez puede comunicarse con el padre a través de un audífono. Al menor se le explica que el terapeuta enseñará a su cuidador a jugar mejor con él.
Y es precisamente eso lo que hacen padre e hijo durante una hora y media o incluso más: jugar.
“La terapia se lleva a cabo jugando, porque se ha encontrado que el medio ideal para intervenir con niños es con el juego”, señala Santiago.
Durante el juego los padres, guiados por el especialista, aprenden a poner en práctica el refuerzo positivo, que significa prestar atención y elogiar las conductas que quieren que el menor repita. Cuando la figura de apego del niño se fija más en los comportamientos negativos provoca, sin querer, que se repitan. Así es que durante la terapia el padre ignora los comportamientos no deseados y se enfoca en reconocer los deseables.
“Al principio era tedioso, pero al nene le encantaba. La verdad es que la pasábamos muy bien”, detalla Noemí sobre esa etapa del tratamiento, durante la cual aprendió el efecto que tenía en el humor y estima de su niño el contar con la atención y aprobación de ella.
“En casa, empecé a jugar más con él. Es importante hacerlo, pero a veces uno no saca el tiempo”, observa. La psicóloga le recomendó juegos específicos para hacer en casa y actividades durante las cuales lograran compartir. Por ejemplo, los bloques y juguetes de armar, construir o manipular.
Al cabo de algunas sesiones de la primera parte de la terapia, la madre comenzó a observar cambios positivos. Pablo actuaba más afectuoso, obediente y le pedía jugar igual que hacían en la oficina de la psicóloga.
“Yo diría que la terapia, más que para el nene, es para los padres. A veces uno no sabe lidiar. Uno piensa que atiende a los hijos, pero no. Por la rutina y el cansancio del trabajo uno le compra un juego y se lo deja para que juegue y ya, pero eso no es suficiente”, precisa la también maestra de séptimo grado.

Cambio “del cielo a la tierra”
La segunda fase del tratamiento es la IDP (Interacción Dirigida por el Padre/Madre). Como implica su nombre, esta vez el cuidador tiene el control. Se sigue utilizando el juego, pero el niño debe seguir instrucciones sencillas. Por ejemplo, al jugar con bloques se le imparten comandos como: “por favor toma el bloque rojo”, y se le explica que si no lo hace habrá consecuencias.
“Se le enseña al niño a obedecer durante el juego y eso se generaliza a otras áreas de la vida. A los padres, se les enseña a dar mandatos a los niños de forma efectiva y cómo reaccionar si no obedecen”, sostiene Santiago.
Para Noemí, esta parte de la terapia fue muy fuerte, pues el niño insistía en desobedecer y ella tenía que sacar mucha fuerza de voluntad para cumplir con la consecuencia de esa actitud (por ejemplo sentarse en una esquina).
“Es un proceso fuerte, hay que tener mucha fuerza de voluntad. Tuve que ser más fuerte yo”, comenta la madre, quien durante el proceso se dio cuenta de que en ocasiones tenía que ser más firme y consistente al dirigirse al niño.
La doctora Ixa Y. Rodríguez Ortiz, quien practica algunos principios de la terapia y está en planes de ofrecerla en su oficina, señala que, según su experiencia, muchos padres tienden a ser muy laxos o muy estrictos con los menores.
“En esta terapia enseñamos el punto medio. Les demuestra cómo hacer mandatos directos y a ser consistentes”, apunta.
Coincide con la doctora Santiago al destacar que cuando los padres llegan buscando ayuda manifiestan haber intentado muchas técnicas distintas para disciplinar pero, comúnmente, no han sido consistentes con ninguna. El resultado es un niño confundido y un padre que va de una estrategia a la otra sin coherencia.
A casi un año de haber terminado la terapia, Noemí afirma que el cambio de su hijo a sido “del cielo a la tierra”.

Puesta a prueba
La Terapia de Interacción Padre/Madre (TIPI) fue puesta a prueba durante el periodo del 2000 al 2005, en niños puertorriqueños entre los 4 y 6 años con diagnóstico de trastorno por déficit de atención con hiperactividad (ADHD, por sus siglas en inglés) y problemas de conducta.
El proyecto de investigación se llevó a cabo en el Centro de Servicios Universitarios de Servicios Psicológicos en la Universidad de Puerto Rico (UPR).
Las doctoras Santiago y Rodríguez, quienes participaron del mismo, señalan que la conclusión fue que la terapia logra cambios muy positivos en el comportamiento del niño y, por consiguiente, una notable reducción de tensión en los padres. Santiago precisa, sin embargo, que en niños con ADHD no pueden esperarse los mismos resultados que en los que tienen solamente problemas de conducta. ”Se entiende que en los casos de ADHD hay un componente neurológico”, sostiene Santiago.
En general, las madres notaron una reducción considerable en la hiperactividad, menos comportamientos agresivos, así como una disminución marcada en conductas problemáticas.
¿Por qué se portan así?
Los problemas de conducta pueden surgir por la combinación de varios factores en el desarrollo de la relación padre e hijo.
“Sin querer, los padres se relacionan con sus hijos manteniendo conductas que pueden convertirse en problemas de conducta”, explica la psicóloga clínica Rochely Santiago Troche.
“Si mandas a la niña a recoger los juguetes, ella no quiere y luego los recoges por ella, le enseñas que no tiene que hacer nada porque tú lo harás eventualmente. Si hace una rabieta, la dejas tranquila, no le das seguimiento y luego recoges los juguetes, le enseñas que si hace la rabieta y lloriquea no tendrá que recoger. Si esto se va convirtiendo en un patrón, sin quererlo, contribuyes al problema de conducta”, señala la psicóloga.
Las investigaciones revelan que hay ciertas características comunes en la crianza de los niños con problemas de conducta. Entre ellas, falta de consistencia, padres violentos, padres permisivos o que no atiendan las conductas positivas y que no haya calidez en la relación (que sea amorosa).
También influye el temperamento del niño.
La psicóloga clínica Ixa Y. Rodríguez Ortiz sostiene, por su parte, que la conducta depende del niño, el manejo del padre y una mezcla de ambas.
“Los niños vienen con carga genética, pero aprenden de sus padres. En la terapia los ponemos frente a un espejo, para que reflexionen sobre su manejo del menor”, apunta.
Para más información sobre la terapia visita: pcit.phhp.ufl.edu

Recursos en Puerto Rico:
Dra. Rocheli Santiago Troche, psicóloga clínica
Tel. (787) 632-3990
Dra. Ixa Y. Rodríguez Ortiz, psicóloga clínica
Tel. (787) 376-2724

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